Desde nuestro centro, I.E.S. Guaza

Blog del I.E.S. Guaza, desde Arona-Tenerife

sábado, mayo 12, 2007

CUENTOS DEL MUNDO

Desde el Proyecto de Interculturalidad del I.E.S. Guaza se ha realizado una recopilación de cuentos de las diversas nacionalidades que conviven en nuestro centro.

Cada cierto tiempo te recomendaremos la lectura de uno de los cuentos de nuestra recopilación.


DISFRUTA DE LA LECTURA Y SI QUIERES PUEDES COMENTARNOS ALGO

PRIMER CUENTO:
Empezamos por un cuento popular de Colombia porque es el país extranjero más representado en nuestro centro (aprox. el 20% del alumnado extranjero)
FECHA DE PUBLICACIÓN: 13 de abril de 2007
COLOMBIA

RINRÍN RENACUAJO
Rinrín Renacuajo, el hijo de Rana, salió una mañana muy tieso y muy majo,pantalones cortos, corbata a la moda, sombrero encintado y chupa de boda.
Y su madre, al verlo, le dijo:
—Muchacho, no salgas tan arreglado.
Pero él le hizo un gesto de no hacerle caso y orondo se fue.
Y en el camino, se encontró con un ratón vecino que le dijo:
—Amigo, venga usted conmigo,visitemos juntos a Doña Ratona que habrá francachela y habrá comilona.
Y hacia allá se dirigieron tan contentos y ufanos.
Luego, llegaron a la casa de Doña Ratona y a la puerta tocaron.
—Toc, toc ―hicieron.
—¿Quién es?—Yo, Doña Ratona, beso a usted los pies. ¿Usted está en casa?
Y ella le dijo:
—Sí, señor, sí estoy como usted puede comprobar, y celebro muchoverlos a ustedes hoy. Estaba en mi oficio hilando algodón, pero eso no importa,bienvenidos son.
Acto seguido, se hicieron la venia, se dieron la mano y dijoRatico, que era el amigo de Rinrín Renacuajo:
—Mi amigo, el de verde, rabia de calor. Démele cerveza, hágame el favor.
Y mientras ese pillo se consumía la jarra de cerveza, Doña Ratona mandó a traer la guitarra y le dijo a Renacuajo que cantara versitos alegres y elegante tonada.
Rinrín Renacuajo contestó a la señora:
—Ay, señora, de mil amores yo lo hiciera. Pero no es posible que le dé gusto ahora porque tengo el gaznate más seco que la estopa y me aprieta mucho esta nueva ropa.
Entonces, Doña Ratona le dijo:
—Pues aflójese un poco ese chaleco y esa corbata que yo, mientras tanto, le voy a cantar una cancioncita muy particular.
Y mientras estaban en esa brillante función de baile, de cerveza, de guitarra y de canción, llegó la gata con sus gatos y eso se volvió un estropicio porque Doña Gata Vieja trinchó por la oreja al niño.
Ratico que era el amigo de Rinrín Renacuajo. Y le dijo:
—Hola, ¿cómo estás tú, Renacuajo guapo?
Y los gatos cogieron a la vieja Rata, uno por la pata y el otro por la cola. ¿Y qué hizo don renacuajito Rinrín Renacuajo? Este señor, mirando este asalto, cogió su sombrero y dio un tremendo salto. Y abrió la puerta con mano y narices y se fue dando a todos noches muy felices.
Y luego, siguió saltando tan alto y aprisa que perdió el sombrero, rasgó la camisa, y se coló en la boca de un pato tragón. Y éste se lo embuchó de un solo estirón.
Y así terminaron. Mira, ratón y ratona, y luego Rinrín Renacuajo. Y los gatos comieron y el pato cenó. Y mamá ranita, solita quedó.
Y ahora, que no te pase a ti como a Rinrín Renacuajo...
Cuento popular colombiano
Ivana María Ahumada Gómez

SEGUNDO CUENTO:
El siguiente cuento es canario, por ser la Comunidad Autónoma donde nos encontramos.

FECHA DE PUBLICACIÓN: 12 de mayo de 2007


CANARIAS
EL CAZÓN

Era el cuarto día, tal vez el quinto y, al atardecer, apenas el sol va dejando en sombras la ladera rojiza y gris, blanquecina a trechos, toma la caña y deja la chabola. A la media luz del crepúsculo marcha por el senderillo, la caña desarmada en la mano y la vieja americana con los bolsillos hinchados con los frascos. Le gusta ir cómodo, sin la serie de trastos y grandes recipientes con que se cargan otros pescadores.

Cruza el fondo del barranco, húmedo, cubierto de una compacta vegetación de gramillos; su denso sembrado como de césped impide el libre crecimiento de las ñameras y aun de los juncos, forzados a una vida mortecina y pálida. Cruza más abajo de las casas para evitar el encuentro con los campesinos; le molesta su socarronería y las miradas huidizas de sus pequeños ojos. ¿Acaso los conocen bien aquellos que hablan a boca llena de su rectitud y sencillez? Quizá los que se vieron rodeados de su silenciosa y boquiabierta papanatería.

Hoy no lo acompaña su perro. Estará barranco arriba, parasitado en casa de sus tías, al olor de una agradable o inusitada comida. Ello lo tranquiliza. El paso del hombre es más seguro por los lugares difíciles. Va remontando despacio la ladera. Las casas quedan atrás y sus habitantes son ya sombras irreconocibles en el crepúsculo más oscuro del fondo. No asciende más. Se va acercando hacia el mar y la ladera se transforma en un acantilado abrupto, más vertical cada vez. Desde su pie llega el ruido del oleaje.

Casualmente, por estos sitios peligrosos siempre ocurre que se distrae con sus pensamientos y que su caminar por un senderito apenas marcado se transforma en automático. Un senderito apenas, una cinta más clara sobre un agudo inclinado plano. Desciende luego por otros lugares, el agua bajo su mirada, espumeando en las rocas, a unos cuarenta o cincuenta metros. Ahora sí que piensa y afirma cada pisada, mientras una emoción, que la costumbre no consiguió disminuir, lo recorre y da vueltas y más vueltas.

Cuando desciende al estero se encuentra en un paraje entrañable; los demás están lejos, separados por los peñascos y por el mar. Le agrada ese olor marino que aquí, sin embargo, tiene algo de pútrido. Camina en paz sobre la plataforma rocosa, a través de los numerosos charcos, y se aproxima a la orilla.

Como las cuatro o cinco noches anteriores, espera que termine de irse la luz y aparecer las estrellas. Lejos se marca el resplandor de los pueblos del Sur. El ruido manso del oleaje hoy, tan monótono, acaba por no oírlo. Lo va invadiendo el hastío; pasan las horas y los peces no dan señal. Igual que ayer y los días anteriores. Hay un capricho en el mar, leyes desconocidas que actúan sobre el pez y lo tornan indiferente. Sabe que si pudiera ver a través del agua y de la oscuridad los divisaría en lentos grupos que nadan lentos de aquí para allá, que se detendrían ante la carnada, girarían alrededor, marchándose, inapetentes, sin dejarse atraer. Sí; podrían pulular innúmeros sargos, u otros; todo será inútil. Los viejos lo atribuyen a las mareas, a las lunas, a los vientos.

Distrayéndose, tomando el hilo de algún pensamiento, estaría mejor. Intenta pensar sobre las luces de los pueblos lejanos, pero su atención vuelve a la caña, a la tensionante indicación de la sacudida esperada. Es algo que hasta hace doler la cabeza.

En las tinieblas de la noche se percibe algo material, como un gas espeso que lo aísla y separa. Aumenta las distancias. En el cielo, Marte aparece con su delatadora luz rojiza, la más brillante, en esta noche, de las estrellas... Repentinamente, tiran del hilo. Se suceden otras dos sacudidas, fuertes. Afianza bien la caña. Un nuevo tirón la curva hasta casi a ras del agua y hace carraquear la chicharra del carrete. El pez tira con fuerza, tira y desembobina el nilón con su esfuerzo continuo.

Casi un cuarto de hora le costó llevarlo a tierra. Ya, antes de verlo, supo que era un cazón. Ahora coletea desesperado sobre la roca, presintiendo la muerte. Sus extraños ojos pardos, oblicuos, le recuerdan los de su perro. Son iguales, estrellados; lo miran con pálpito inteligente. Se aproxima con la gran navaja. El cazón salta, se desespera. Su terror y agonía se va transmitiendo al pescador. Un gran pez de unos siete kilos.
Deja la navaja y con precaución intenta desprender el anzuelo. La boca del animal no tiene dientes. Sus labios son duros, como cubiertos de esmeril fino, rasposo. Sigue debatiéndose. Al fin logra desprender el anzuelo de su carne dura. Levanta el cazón con ambas manos y lo lanza al mar. Un chapoteo y luego el silencio. Igual que antes.
Siguen las horas en blanco. Marte ya hace tiempo que se ocultó y en el cielo aparece una nueva claridad que anuncia el amanecer. Desarma la caña y emprende el regreso.

El pueblecito está aún dormido. Ante la chabola, su perro lo espera. Hace frío. Se acuesta. Ahora al desaliento de su fracaso sucede una alegría íntima y sosegada. Se arropa bien y procura dormir.

Fuera se levanta una brisa desapacible, neblinosa, de una mañana precozmente invernal.

En este momento se alegra de no haber pescado nada, absolutamente nada.
Siemprevivas, de Isaac de Vega
¡ Y DENTRO DE POCO MÁS!
Ana Tacoronte

Etiquetas: , ,